Ayer lloré al pensarte, y no llevaban ninguna de esas lágrimas una gota de nostalgia, no... Iban cargadas todas y cada una de ellas de vergüenza, de rabia, de pena, de remordimiento... ¿Por todo lo que pude hacer hecho y no hice, por todo lo que pude haber dicho y no dije...? No.... Por todo lo que no debería haber hecho e hice, por todo lo que podría no haber dicho y dije, por cómo y cuándo lo dije....
Alguien me intentó animar diciéndome que no era consciente, que es normal, que todos cometemos errores, que tú sabías que te quiero y lo importante que eras, que estabas orgulloso de mi.... pues bien, al menos salió algo bueno de esa conversación, y es que logré que esa persona entendiera algo que todo el mundo debe comprender alguna vez en la vida, y es que a veces no hay consuelo y tampoco es lo que se necesita. Yo sé que no era consciente, sé que fue un error, sé que nadie es perfecto.... pero es que da igual, está hecho y no se puede arreglar de ninguna de las maneras. Yo debía ser quien tuviese la cabeza fría, sobre los hombros... y no, en lugar de eso me enfadé porque no tenía cosas de ti que quería, sin entender que no podía tener eso de ti porque ya no eras tú. No importan las excusas, hay ocasiones en la vida en las que da igual los motivos, los hechos son los que son, y por muy bonito que suene decir según que palabras, es absurdo, porque algunas cosas están mal y ya está. Cuando se trata de hacer daño a la persona que más te quiere, si encima el tiempo de esa persona está contado, no hay excusas. El remordimiento será algo que lleves siempre contigo, y aunque no cambiará nada, es inevitable sentirse así.
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