martes, 13 de enero de 2015

Buenas noches y hasta mañana

Hola.
El otro día vi las cartas, las que te dejé escritas antes de irme para que te las llevaran una por una, día a día, para estar más cerca de ti y que tú sintieras mis caricias, mis besos de buenos dias, buenas tardes, buenas noches, buenas meriendas, buenos descansos, buenos paseos.... todos, vamos. Y las leí. ¿Por qué tú no? Todo por lo que me torturo por no haberte dicho estaba ahi, y ni yo lo sabía. Y tú lo habría sabido. Pero ¿qué pasó, papi?. Yo creo que te tuvieron que doler... y lo siento. Mi intención no era sufrimiento, sino una sonrisa, pero ahora que las veo me doy cuenta de que, siempre he sido tan reservada con mis sentimientos... que al decirte todo aquello, al darte ánimos con ese entusiasmo, al obligarte tanto a luchar... tú solo leías una despedida detrás de otra. Perdóname. Pero aun así, ojalá las hubieras leido. Aunque dolieran... aunque llorases... tenías que saberlo. En fin, ya las leo yo por ti. Y si tengo suerte y realmente estás conmigo, pues siéntate a escucharme y ahora sí, sonríe. 
¿Sabes que? me equivoqué. En todas ellas te ponía que PODIAS, que podías hacerlo, que eras capaz de todo... y al leerlas pensé: igual no podía... Pero me acabo de dar cuenta de que sigo manteniendo todo lo que te dije. No lo hiciste (en ese momento), vale. Eso no quita que no pudieras. Eras capaz de todo, y lo demostraste con creces incluso sin querer hacerlo. Así que, disculpa que te haya subestimado. 
No te creas que por no escribirte tan a menudo, no te pienso tan a menudo. 
Pienso en ti todos los días, porque todos los días miro tu foto, todos los días cierro los ojos mientras huelo el bote de tu perfume que tengo siempre en mi estantería, y todos... absolutamente todos los días te echo de menos. 
Nunca me cansaré de decirlo. Estoy inmensamente orgullosa de ser tu hija, de haberte conocido y de ti. 
Y, como siempre, te quiero.
Buenas noches, papa.

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